No lo romantizo.
Por La aventura de ser negra.
Hay algo que quiero decir desde hace mucho tiempo y hoy vine a sacármelo del pecho:
Yo no romantizo la maternidad.
No puedo.
No me sale.
No me da la gana de vender una película de Disney cuando lo mío parece más una mezcla entre comedia, drama, supervivencia extrema y un reality show grabado sin descanso.
Porque sí, amo a mis hijas con toda mi alma. Pero ser madre… mi amor, eso no es color de rosa. Eso es color ojera, café frío y vivir cansada.
Las redes sociales han convertido la maternidad en una competencia rarísima. Todas parecen recién bañadas, con la casa oliendo a vainilla, los muchachos hablando bajito, la ropa perfectamente doblada y desayunos en forma de corazón.
Mientras tanto, una está aquí:
peleando para que una se cepille,
gritándole a la otra que se apure para la escuela,
buscando una media perdida desde las 6:15 de la mañana,
trabajando con el cerebro fundido
y quedándose ida mirando una pared mientras el arroz se quema.
Porque esa es la parte que nadie sube.
Nadie sube cuando la profesora te llama porque la muchacha respondió mal.
Nadie sube las rabietas en el supermercado.
Nadie sube cuando tú te encierras en el baño cinco minutos solamente para coger aire.
Y ojo, no estoy diciendo que ser madre sea horrible.
Estoy diciendo que es real.
Yo tengo dos hijas: una de seis años, que todavía cree que yo soy un parque de diversiones emocional, y una adolescente.
La pequeña vive pegada de mí como una garrapatita fina. Si voy al baño, ella va. Si me siento, se me encarama. Si estoy trabajando, quiere cariño. Si estoy cansada, quiere cuentos.
Y entonces está la adolescente.
Ave María.
La adolescencia es una vaina fuerte. Uno literalmente vive con una persona que un día te ama y al otro te mira como si tú fueras la enemiga pública número uno.
Ella está en esa transición rara entre dejar de ser niña y querer ser adulta. Quiere independencia, pero también quiere privilegios de muchachita. Quiere que una confíe en ella, pero una también vive con miedo porque el mundo está manga por hombro.
Y ahí me tienen:
negociando salidas,
hablando de enamorados,
peleando por horarios,
explicándole que la vida no funciona como TikTok.
Y aunque a veces terminamos las dos quilladas, yo entiendo algo: crecer también duele.
Ahora bien…
La parte más difícil de la maternidad para mí no ha sido criar. Ha sido sacrificar.
Porque si yo no tuviera hijas, probablemente mi vida sería totalmente distinta.
Tal vez viviría viajando.
Tal vez fuera una nómada en una montaña.
Tal vez me desaparecería un mes entero con una mochila y un sueño loco.
Pero elegí ser madre. Y cuando una decide traer hijos al mundo, la vida deja de tratarse solamente de una.
Entonces trabajo duro. Muchísimo.
No porque quiera aparentar éxito, sino porque quiero dejarles un camino más suave del que yo tuve.
Porque vivir es difícil.
La adultez da golpes fuertes.
Y yo no quiero que mis hijas tengan que aprender todo a las malas, como me tocó a mí.
Yo quiero dejarles algo más que amor.
Quiero dejarles herramientas.
Oportunidades.
Un techo emocional.
Un legado.
Aunque eso signifique, muchas veces, poner mi vida en pausa.
Pero tampoco quiero que crean que todo es malo.
Porque, entre el caos, también hay momentos que me derriten el corazón.
Está la pequeña abrazándome como si yo fuera su lugar seguro en el mundo.
Está la adolescente buscándome para contarme un chisme, aunque se haga la independiente.
Está ese momento en el que las veo dormir y me doy cuenta de que literalmente salieron de mí.
Y ahí entiendo por qué sigo dando la batalla todos los días.
Mis hijas son el amor más grande que he sentido en mi vida. Ellas me han enseñado paciencia, fuerza y una versión de mí que yo no conocía.
Sí, hay cansancio.
Sí, hay sacrificio.
Sí, hay días en los que una quiere salir corriendo.
Pero también hay risas, abrazos, orgullo y momentos que hacen que todo valga la pena.
Y aquí viene algo que quizá no le guste a mucha gente escuchar:
Ser madre no es una obligación.
No porque seas mujer automáticamente tienes que querer hijos. Eso no es un requisito para valer.
Tener hijos es una decisión enorme porque implica dejar de ser egoísta. Implica pensar en alguien antes que en ti durante años. Implica cansancio físico, mental, económico y emocional.
Y si tú no te sientes preparada para eso, está bien.
No tengas hijos por presión social.
No tengas hijos porque “ya te toca”.
No tengas hijos porque Instagram romantizó la maternidad y te vendió una imagen aesthetic de desayunos bonitos y fotos familiares en tonos beige.
Mi consejo para mis aventureras es este:
Vivan primero.
Conózcanse.
Viajen.
Equivóquense.
Cumplan sueños.
Duerman muchísimo.
Descubran quiénes son antes de convertirse en responsables de otra vida.
Y si, después de vivir todo eso, desean ser madres, entonces háganlo desde el amor y la conciencia, no desde la obligación.
Yo amo a mis hijas profundamente. No me arrepiento de ser su mamá ni un segundo.
Pero también merezco poder decir que a veces estoy cansada, que a veces me siento perdida y que, en ocasiones, extraño a la mujer que fui antes de convertirme en la responsable emocional de dos seres humanos.
Y eso no me hace mala madre.
Me hace real.
Y en este blog, mis aventureras, lo real siempre va primero.

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