No lo romantizo. Por La aventura de ser negra. Hay algo que quiero decir desde hace mucho tiempo y hoy vine a sacármelo del pecho: Yo no romantizo la maternidad. No puedo. No me sale. No me da la gana de vender una película de Disney cuando lo mío parece más una mezcla entre comedia, drama, supervivencia extrema y un reality show grabado sin descanso. Porque sí, amo a mis hijas con toda mi alma. Pero ser madre… mi amor, eso no es color de rosa. Eso es color ojera, café frío y vivir cansada. Las redes sociales han convertido la maternidad en una competencia rarísima. Todas parecen recién bañadas, con la casa oliendo a vainilla, los muchachos hablando bajito, la ropa perfectamente doblada y desayunos en forma de corazón. Mientras tanto, una está aquí: peleando para que una se cepille, gritándole a la otra que se apure para la escuela, buscando una media perdida desde las 6:15 de la mañana, trabajando con el cerebro fundido y quedándose ida mirando una pared mientras el ...
La aventura de ser negra es también la aventura de vivir con el corazón despierto. Es caminar el mundo con sensibilidad, con memoria, con fuerza, pero sobre todo con una forma muy clara de hacer las cosas: desde el amor y la voluntad genuina. Porque cuando algo se hace de corazón, se nota. No hace falta explicarlo demasiado, la energía habla sola. Hay una diferencia muy clara entre quien hace las cosas por compromiso y quien las hace porque realmente quiere. Cuando alguien actúa solo para salir del paso, para cumplir con una obligación o para obtener un beneficio personal, eso se percibe de inmediato. En cambio, cuando la intención es ayudar, aportar o sumar desde un lugar sincero, la actitud cambia, el gesto cambia y el resultado también cambia. Ayudar no siempre requiere una invitación formal. A veces, ni siquiera requiere palabras. Basta con ponerse en disposición. El interés real se demuestra con acciones, no con excusas. Quien quiere ayudar, se ofrece. Quien quiere estar, está. Qu...