La aventura de ser negra es también la aventura de vivir con el corazón despierto. Es caminar el mundo con sensibilidad, con memoria, con fuerza, pero sobre todo con una forma muy clara de hacer las cosas: desde el amor y la voluntad genuina. Porque cuando algo se hace de corazón, se nota. No hace falta explicarlo demasiado, la energía habla sola.
Hay una diferencia muy clara entre quien hace las cosas por compromiso y quien las hace porque realmente quiere. Cuando alguien actúa solo para salir del paso, para cumplir con una obligación o para obtener un beneficio personal, eso se percibe de inmediato. En cambio, cuando la intención es ayudar, aportar o sumar desde un lugar sincero, la actitud cambia, el gesto cambia y el resultado también cambia.
Ayudar no siempre requiere una invitación formal. A veces, ni siquiera requiere palabras. Basta con ponerse en disposición. El interés real se demuestra con acciones, no con excusas. Quien quiere ayudar, se ofrece. Quien quiere estar, está. Quien quiere aportar, busca la forma. Y eso, aunque parezca sencillo, dice mucho del corazón de una persona.
La vida misma nos da ejemplos muy claros. Cuando una persona quiere comprar un carro, el carro no va hacia ella. Es la persona quien va a la agencia, pregunta, se informa y demuestra su interés. Lo mismo ocurre con cualquier acción positiva: si uno quiere hacer algo bueno, no espera que lo llamen, se mueve, da el paso y se compromete.
Ser negra, en esta aventura de vida, también es aprender a reconocer esas intenciones. A valorar a quienes actúan con amor verdadero y a no cargar con quienes solo están por conveniencia. Es entender que la voluntad sincera no se fuerza, nace. Y cuando nace, se nota.
La voluntad que nace del amor no espera invitaciones, se manifiesta sola y deja huellas donde pasa.

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